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A poco de comenzar todo aquello, trataba de entender una y otra vez qué le estaba ocurriendo y no daba con ninguna respuesta.
Ella creía que estaba enamorándose de un modo inédito e insospechado, pero no era capaz de entender cómo había podido sucederle eso a tal velocidad y en las condiciones en que se encontraba.
Advertía sus desventajas, y no acertaba a dar con los motivos por donde ese otro en particular pudiera encontrar sus ventajas, ni tampoco podía atreverse a pensar que él pudiera estar sintiendo algo que se saliera de la palabra amistad.
Ella aún creía mucho en las palabras, y esa palabra, -amistad-, resonaba con su aura sagrada por toda su noción de la razón de ser de ese encuentro, mientras por fuera de esa razón resonaban sucesos de otro orden y de otro desorden.
Más adelante, y pese a no tener sentido ya, -si es que alguna vez lo había tenido-, nada de lo sucedido, ella seguía experimentando un estado emocional de agudísima intensidad, que se exacerbaba ante recuerdos, emociones, imágenes y fundamentalmente ante la realidad cotidiana.
Todo la asombraba, todo la enternecía, todo la embelesaba, como si la vida, -al fin de cuentas-, fuera lo que era, ese puro milagro imposible de esconder debajo o detrás de ninguna otra cosa. Un intenso asombro la recorría, los colores fosforecían, los sonidos y los silencios conmocionaban el alma y el corazón, el paisaje era de una belleza insólita, la tristeza era mucho más fuerte y la alegría también.
Todo parecía haberse amplificado.

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